jueves, 16 de julio de 2026

miércoles, 15 de julio de 2026

PIRUETA FINAL Cuento erótico

 Hice una pirueta circular con el tenedor indicándole a Ángela, mi amante ocasional en hoteles baratos, que quería probar un trozo de su cordero asado. Yo le ofrecí intercambiarlo por otro de corvina con berberechos al pilpil. Era una forma de distraer el miedo a que alguien de los ocho comensales, incluida mi mujer y mis queridos suegros, contaran un chiste malo de esos que son banderillas negras al corazón por mis supuestas infidelidades. El marido de Ángela, que nos había invitado para celebrar su ascenso a jefe de mantenimiento de Carrefour, presidía la comida con supuesta ignorancia de los manejos de su mujer. Ella aprovechando nuestra proximidad adyacente, ocultaba las manos por debajo de la mesa a intervalos cortos y con muchísimo cuidado me tiraba del pantalón chino hacia las rodillas. Pero el peso de mi trasero, que sujetaba el pantalón a la silla, lo impedía. Noté el palpitar de sus dedos, como si tocara las teclas de un piano, en la parte interna de los muslos, pero yo los mantenía apretados. No era momento de juegos musicales. Pero ella tocaba de memoria muy bien la partitura y poco a poco los fui separando sin darme cuenta de que la canción empezaba a sonarme bien, pero mal. Con peligro de muerte. No podía llamar la atención, mientras las expertas maniobras de Ángela exploraban los campos del placer desde mi cintura para abajo. Tampoco podía tener cara de incomodidad o sonrojarme, o mi mujer sentada enfrente de mí, que no me perdía de vista, notaría que había algo entre nosotros, aunque estaba seguro de que lo sospechaba. 

Ángela suponía que no llevaba calzoncillos. Nunca los llevo cuando hace mucho calor. Por eso, y con notable habilidad para estar segura de que seguía con la costumbre, se había colocado detrás de mí nada más llegar a la puerta del restaurante y se las arregló para tocarme el trasero en carne viva mientras esperábamos ser ubicados. Eso la excitaba y no pararía hasta llegar a mi plantación de palmeras y encontrar los dátiles. Desde que nos sentamos, manipuló el cinturón y la cremallera para intentar dejarme desnudo desde la cintura hasta media pierna. Me tapé con el mantel lo mejor que pude. Mi bragueta estaba bajada, el cinturón desabrochado y mi mujer con los ojos encendidos al rojo blanco, se levantó muy lenta. El terror a que hubiera sido descubierto en plena tocata me puso tan nervioso, que estaba a punto de simular un atragantamiento y tirarme al suelo con voz rota. No me dio tiempo. Sonriendo con una mueca demoníaca, arqueó una ceja, se puso detrás de mí, me acarició el pelo con ternura, me susurró al oído “eres un cabronzuelo mentiroso”, levantó el mantel, me tapé con las manos lo mejor que pude, pero descubrió el paisaje rizado con la palmera ofreciendo su fruta en todo su esplendor y vació encima de sus ramas una jarra de cerveza helada. Encogí hacia atrás el trasero con violencia, me incliné hacia delante hasta tocar el pescado con las narices y mi volcán entre las ingles a punto de tener una erupción clandestina, se retrajo entre pegajosas carnes del abdomen y piernas dentro de un bosque negro de cerveza tostada. Con los chinos mojados y pegados a los muslos, el culo helado y el sonrojo, se me erizó la piel de todo el cuerpo y solo pude balbucear palabras absurdas. Un desgarrador aullido de mi mujer en el oído y un puñetazo en la espalda me dejó sin respiración y mi dentadura postiza se estampó sobre la mesa.

Autores: Pedro Antonio García Zenón y José Luis Muñoz Gómez 

viernes, 3 de julio de 2026

LIBERTAD

 Hay personas que entienden la libertad de una manera muy particular, casi como si fuera un traje a medida que solo les sienta bien a ellas.

Para esas personas, la libertad es un derecho de uso exclusivo que se activa cuando les conviene y se desactiva cuando el otro lo reclama.

Pero la libertad, bien lo dijo Kant, no es un capricho ni un sentimiento; es un principio de razón práctica que exige universalidad.

Si yo tengo la libertad de hacer algo, todos los que estén en mi misma situación tienen la misma libertad.

No se puede trocear la libertad porque la ética no es un buffet libre donde cada uno escoge lo que le apetece.

Lo que vale para el que trabaja, vale para el que está de vacaciones, porque el tiempo y el deseo son bienes comunes.

Una persona que defiende su derecho a ir a bailar porque le gusta está legitimando que el otro haga exactamente lo mismo.

No existe una libertad para el que madruga y otra para el que descansa; existe una sola libertad, y es indivisible.

Cuando pones condiciones a la libertad del otro que no te pones a ti mismo, estás cometiendo el error lógico más elemental: la contradicción.

Esa ética de salón, que algunos disfrazan de socialista o comunista, se caracteriza por mucha retórica colectiva y una alarmante escasez de valores individuales cuando toca aplicarlos.

Hablan de igualdad, pero exigen privilegios; hablan de respeto, pero anulan la autonomía ajena.

El argumento de "tú estás de vacaciones y yo trabajo" no es más que un biombo sentimental para ocultar un deseo de control.

La libertad no entiende de calendarios ni de turnos; entiende de dignidad, reciprocidad y coherencia.

Quien no aplica la regla de oro ética —no hagas a los demás lo que no quieras para ti— está ejerciendo un derecho de pernada emocional.

Trocear la libertad es, en el fondo, negar la inteligencia y el amor, porque el amor se construye con igualdad, no con concesiones paternalistas.

El que defiende su libertad absoluta y cercena la del otro no es un libertario, es un pequeño tirano doméstico.

No puedes reivindicar tu independencia con una mano mientras atas al otro con la otra.

Eso no es filosofía de la libertad, es simple y llanamente hipocresía vital.

Porque la libertad, o es de todos, o no es de nadie.

Es un bien común que se edifica desde la igualdad de trato, no desde la excepción permanente.

Cuando usas tu libertad para justificar tus caprichos y prohibir los míos, dejas de ser libre para convertirte en un dictador de salón.

Y el dictador, por muy enamorado que diga estar, siempre acaba solo, porque la coherencia es la moneda de cambio de la confianza.

Así que no me pidas que comprenda tu libertad si no comprendes la mía.

O aceptamos que el criterio es el mismo para los dos, o aceptamos que no hay criterio, solo despotismo.

Y el despotismo, en cualquiera de sus formas, es la negación más absoluta de la dignidad humana y del verdadero amor.


sábado, 13 de junio de 2026

Diferencias entre Etica y Moral



En el uso cotidiano, "ética" y "moral" suelen usarse como sinónimos. Pero la tradición filosófica (especialmente desde Hegel) establece una diferencia clave:

*Moral: Del latín mores (costumbres). Conjunto de normas, valores y prohibiciones que una sociedad o grupo concreto considera obligatorios. Son prácticas vividas que aprendemos desde niños sin necesidad de reflexionar.
*Ética: Del griego ethos (carácter, modo de ser). Es la reflexión filosófica sobre la moral. No dicta normas concretas, sino que pregunta: ¿por qué esas normas? ¿son justas? ¿cómo debería vivir?
Analogía pedagógica (la más clara)
Imagina que la moral es el manual de instrucciones de un videojuego: te dice "pulsa A para saltar", "no mates a los aliados". Lo aprendes de memoria y lo sigues para avanzar.
La ética es el diseñador del juego que se pregunta: ¿por qué esa regla? ¿fomenta la diversión o la frustración? ¿podríamos cambiarla para que el juego sea más justo? El diseñador no juega, reflexiona sobre las reglas.
Ejemplo concreto para verlo claro
En tu cultura, la moral dice que debes saludar con un beso a una persona mayor.
La moral te hace sentir que si no lo haces, eres maleducado. Actúas por costumbre.
La ética te permite preguntar: ¿es esta costumbre respetuosa con la autonomía de la otra persona? ¿Y si esa persona no quiere contacto físico? ¿Deberíamos cambiarla por un saludo verbal?
Ha quedado claro?
P.D.¿Y vosotros, en vuestro día a día, actuáis más por moral (costumbre) o por ética (reflexión)?