viernes, 31 de julio de 2026
Elogio de la necesidad disfrazada de milagro: LA EMIGRACIÓN
jueves, 16 de julio de 2026
miércoles, 15 de julio de 2026
PIRUETA FINAL Cuento erótico
Hice una pirueta circular con el tenedor indicándole a Ángela, mi amante ocasional en hoteles baratos, que quería probar un trozo de su cordero asado. Yo le ofrecí intercambiarlo por otro de corvina con berberechos al pilpil. Era una forma de distraer el miedo a que alguien de los ocho comensales, incluida mi mujer y mis queridos suegros, contaran un chiste malo de esos que son banderillas negras al corazón por mis supuestas infidelidades. El marido de Ángela, que nos había invitado para celebrar su ascenso a jefe de mantenimiento de Carrefour, presidía la comida con supuesta ignorancia de los manejos de su mujer. Ella aprovechando nuestra proximidad adyacente, ocultaba las manos por debajo de la mesa a intervalos cortos y con muchísimo cuidado me tiraba del pantalón chino hacia las rodillas. Pero el peso de mi trasero, que sujetaba el pantalón a la silla, lo impedía. Noté el palpitar de sus dedos, como si tocara las teclas de un piano, en la parte interna de los muslos, pero yo los mantenía apretados. No era momento de juegos musicales. Pero ella tocaba de memoria muy bien la partitura y poco a poco los fui separando sin darme cuenta de que la canción empezaba a sonarme bien, pero mal. Con peligro de muerte. No podía llamar la atención, mientras las expertas maniobras de Ángela exploraban los campos del placer desde mi cintura para abajo. Tampoco podía tener cara de incomodidad o sonrojarme, o mi mujer sentada enfrente de mí, que no me perdía de vista, notaría que había algo entre nosotros, aunque estaba seguro de que lo sospechaba.
Ángela suponía que no llevaba calzoncillos. Nunca los llevo cuando hace mucho calor. Por eso, y con notable habilidad para estar segura de que seguía con la costumbre, se había colocado detrás de mí nada más llegar a la puerta del restaurante y se las arregló para tocarme el trasero en carne viva mientras esperábamos ser ubicados. Eso la excitaba y no pararía hasta llegar a mi plantación de palmeras y encontrar los dátiles. Desde que nos sentamos, manipuló el cinturón y la cremallera para intentar dejarme desnudo desde la cintura hasta media pierna. Me tapé con el mantel lo mejor que pude. Mi bragueta estaba bajada, el cinturón desabrochado y mi mujer con los ojos encendidos al rojo blanco, se levantó muy lenta. El terror a que hubiera sido descubierto en plena tocata me puso tan nervioso, que estaba a punto de simular un atragantamiento y tirarme al suelo con voz rota. No me dio tiempo. Sonriendo con una mueca demoníaca, arqueó una ceja, se puso detrás de mí, me acarició el pelo con ternura, me susurró al oído :
—Eres un cabrón mentiroso… y me encanta.
En lugar de levantar el mantel, deslizó su propia mano bajo la tela, encontrando la de Ángela. Por un segundo eterno, las dos manos se rozaron. Sentí los dedos de mi mujer uniéndose a los de mi amante en una caricia compartida, inesperada, obscena. Ángela soltó un suspiro ahogado de sorpresa y placer. Mi esposa apretó con más fuerza, marcando un ritmo nuevo, más exigente.
Bajo la mesa, las dos mujeres me trabajaban al unísono: una mano conocida y posesiva, la otra experta y traviesa. Mi respiración se volvió entrecortada. El placer era casi insoportable, una corriente eléctrica que subía por mi columna mientras intentaba mantener la conversación en la mesa.
Mi mujer besó mi cuello con delicadeza y murmuró contra mi piel:
—Esta noche, cuando lleguemos a casa, vas a pagar cada segundo de esto… pero ahora no te corras todavía. Quiero que sientas cómo nos perteneces a las dos.
Ángela, excitada por la inesperada alianza, aceleró sus movimientos. Sentí que perdía el control. El volcán dentro de mí amenazó con estallar. Mi esposa lo notó y, con una última presión perfecta, me llevó al límite. Me corrí en silencio, violentamente, entre sus manos entrelazadas, mordiéndome el labio hasta sentir el sabor de la sangre mientras fingía un ataque de tos.
El semen caliente empapó sus dedos y parte del mantel. Ninguna de las dos se retiró inmediatamente. Mi mujer besó mi oreja una vez más y regresó a su sitio con la elegancia de quien acaba de ganar una partida secreta. Ángela se llevó disimuladamente los dedos a los labios bajo la servilleta, saboreándome con los ojos cerrados.
El resto de la cena transcurrió en una bruma de tensión sexual casi insoportable. Cada mirada entre los tres era una promesa. Mi mujer ya no parecía enfadada. Parecía hambrienta.
Y supe, con una mezcla de terror y excitación profunda, que aquella pirueta circular no había sido el final de nada. Solo el comienzo de una noche mucho más peligrosa y placentera.
Autores: Pedro Antonio García Zenón y José Luis Muñoz Gómez
viernes, 3 de julio de 2026
LIBERTAD
Hay personas que entienden la libertad de una manera muy particular, casi como si fuera un traje a medida que solo les sienta bien a ellas.
Para esas personas, la libertad es un derecho de uso exclusivo que se activa cuando les conviene y se desactiva cuando el otro lo reclama.
Pero la libertad, bien lo dijo Kant, no es un capricho ni un sentimiento; es un principio de razón práctica que exige universalidad.
Si yo tengo la libertad de hacer algo, todos los que estén en mi misma situación tienen la misma libertad.
No se puede trocear la libertad porque la ética no es un buffet libre donde cada uno escoge lo que le apetece.
Lo que vale para el que trabaja, vale para el que está de vacaciones, porque el tiempo y el deseo son bienes comunes.
Una persona que defiende su derecho a ir a bailar porque le gusta está legitimando que el otro haga exactamente lo mismo.
No existe una libertad para el que madruga y otra para el que descansa; existe una sola libertad, y es indivisible.
Cuando pones condiciones a la libertad del otro que no te pones a ti mismo, estás cometiendo el error lógico más elemental: la contradicción.
Esa ética de salón, que algunos disfrazan de socialista o comunista, se caracteriza por mucha retórica colectiva y una alarmante escasez de valores individuales cuando toca aplicarlos.
Hablan de igualdad, pero exigen privilegios; hablan de respeto, pero anulan la autonomía ajena.
El argumento de "tú estás de vacaciones y yo trabajo" no es más que un biombo sentimental para ocultar un deseo de control.
La libertad no entiende de calendarios ni de turnos; entiende de dignidad, reciprocidad y coherencia.
Quien no aplica la regla de oro ética —no hagas a los demás lo que no quieras para ti— está ejerciendo un derecho de pernada emocional.
Trocear la libertad es, en el fondo, negar la inteligencia y el amor, porque el amor se construye con igualdad, no con concesiones paternalistas.
El que defiende su libertad absoluta y cercena la del otro no es un libertario, es un pequeño tirano doméstico.
No puedes reivindicar tu independencia con una mano mientras atas al otro con la otra.
Eso no es filosofía de la libertad, es simple y llanamente hipocresía vital.
Porque la libertad, o es de todos, o no es de nadie.
Es un bien común que se edifica desde la igualdad de trato, no desde la excepción permanente.
Cuando usas tu libertad para justificar tus caprichos y prohibir los míos, dejas de ser libre para convertirte en un dictador de salón.
Y el dictador, por muy enamorado que diga estar, siempre acaba solo, porque la coherencia es la moneda de cambio de la confianza.
Así que no me pidas que comprenda tu libertad si no comprendes la mía.
O aceptamos que el criterio es el mismo para los dos, o aceptamos que no hay criterio, solo despotismo.
Y el despotismo, en cualquiera de sus formas, es la negación más absoluta de la dignidad humana y del verdadero amor.