domingo, 2 de agosto de 2026

Crisis en Ceuta

 En la crisis de Ceuta, como en todas las crisis que los poderosos convierten en escenario, hay un silencio que grita: el de las víctimas anónimas. Nadie recuerda sus nombres. Nadie sabe de dónde venían ni qué soñaban. Pero sus vidas valen más que cualquier territorio, más que cualquier imperio, más que cualquier tiranía que intente justificarse con banderas o fronteras.


Ojalá quienes han empujado a esas personas a morir no encuentren descanso hasta que sus propios huesos pesen como la conciencia que no tienen. Porque la paz interior es un lujo que no deberían permitirse quienes siembran muerte para cosechar poder.


Y mientras algunos derraman sangre para recuperar lo que otros conquistaron con sangre siglos atrás, conviene recordar que hubo un hombre, Gorbachov, que devolvió territorios del antiguo uss sin una sola bala, sin una sola víctima. Sin orgullo herido. Sin necesidad de demostrar nada. Porque entendió que la grandeza de un país no se mide por los kilómetros de su mapa, sino por su capacidad de no fabricar cadáveres.


Los zares echaron sangre para conquistar. Putin ahora echa sangre para reconquistar. Y en medio, la misma tierra, los mismos pueblos, el mismo sinsentido. Pero Yugoslavia se desmembró y hoy viven, o mejor, o igual, pero viven sin esa falsa unidad que solo servía para justificar el miedo al otro.


Así que no. Ni la patria, ni la religión, ni hostias en vinagre justifican que se derrame ni una gota más de sangre. Porque el patriotismo verdadero no mata. El patriotismo verdadero cuida. Y si no sabe cuidar, no es patriotismo: es narcisismo de los que mandan con las manos manchadas.


Que la memoria de las víctimas anónimas de Ceuta sea más fuerte que todos los discursos. Y que nunca, jamás, dejemos de recordarlas.