Hice una pirueta circular con el tenedor indicándole a Ángela, mi amante ocasional en hoteles baratos, que quería probar un trozo de su cordero asado. Yo le ofrecí intercambiarlo por otro de corvina con berberechos al pilpil. Era una forma de distraer el miedo a que alguien de los ocho comensales, incluida mi mujer y mis queridos suegros, contaran un chiste malo de esos que son banderillas negras al corazón por mis supuestas infidelidades. El marido de Ángela, que nos había invitado para celebrar su ascenso a jefe de mantenimiento de Carrefour, presidía la comida con supuesta ignorancia de los manejos de su mujer. Ella aprovechando nuestra proximidad adyacente, ocultaba las manos por debajo de la mesa a intervalos cortos y con muchísimo cuidado me tiraba del pantalón chino hacia las rodillas. Pero el peso de mi trasero, que sujetaba el pantalón a la silla, lo impedía. Noté el palpitar de sus dedos, como si tocara las teclas de un piano, en la parte interna de los muslos, pero yo los mantenía apretados. No era momento de juegos musicales. Pero ella tocaba de memoria muy bien la partitura y poco a poco los fui separando sin darme cuenta de que la canción empezaba a sonarme bien, pero mal. Con peligro de muerte. No podía llamar la atención, mientras las expertas maniobras de Ángela exploraban los campos del placer desde mi cintura para abajo. Tampoco podía tener cara de incomodidad o sonrojarme, o mi mujer sentada enfrente de mí, que no me perdía de vista, notaría que había algo entre nosotros, aunque estaba seguro de que lo sospechaba.
Ángela suponía que no llevaba calzoncillos. Nunca los llevo cuando hace mucho calor. Por eso, y con notable habilidad para estar segura de que seguía con la costumbre, se había colocado detrás de mí nada más llegar a la puerta del restaurante y se las arregló para tocarme el trasero en carne viva mientras esperábamos ser ubicados. Eso la excitaba y no pararía hasta llegar a mi plantación de palmeras y encontrar los dátiles. Desde que nos sentamos, manipuló el cinturón y la cremallera para intentar dejarme desnudo desde la cintura hasta media pierna. Me tapé con el mantel lo mejor que pude. Mi bragueta estaba bajada, el cinturón desabrochado y mi mujer con los ojos encendidos al rojo blanco, se levantó muy lenta. El terror a que hubiera sido descubierto en plena tocata me puso tan nervioso, que estaba a punto de simular un atragantamiento y tirarme al suelo con voz rota. No me dio tiempo. Sonriendo con una mueca demoníaca, arqueó una ceja, se puso detrás de mí, me acarició el pelo con ternura, me susurró al oído :
—Eres un cabrón mentiroso… y me encanta.
En lugar de levantar el mantel, deslizó su propia mano bajo la tela, encontrando la de Ángela. Por un segundo eterno, las dos manos se rozaron. Sentí los dedos de mi mujer uniéndose a los de mi amante en una caricia compartida, inesperada, obscena. Ángela soltó un suspiro ahogado de sorpresa y placer. Mi esposa apretó con más fuerza, marcando un ritmo nuevo, más exigente.
Bajo la mesa, las dos mujeres me trabajaban al unísono: una mano conocida y posesiva, la otra experta y traviesa. Mi respiración se volvió entrecortada. El placer era casi insoportable, una corriente eléctrica que subía por mi columna mientras intentaba mantener la conversación en la mesa.
Mi mujer besó mi cuello con delicadeza y murmuró contra mi piel:
—Esta noche, cuando lleguemos a casa, vas a pagar cada segundo de esto… pero ahora no te corras todavía. Quiero que sientas cómo nos perteneces a las dos.
Ángela, excitada por la inesperada alianza, aceleró sus movimientos. Sentí que perdía el control. El volcán dentro de mí amenazó con estallar. Mi esposa lo notó y, con una última presión perfecta, me llevó al límite. Me corrí en silencio, violentamente, entre sus manos entrelazadas, mordiéndome el labio hasta sentir el sabor de la sangre mientras fingía un ataque de tos.
El semen caliente empapó sus dedos y parte del mantel. Ninguna de las dos se retiró inmediatamente. Mi mujer besó mi oreja una vez más y regresó a su sitio con la elegancia de quien acaba de ganar una partida secreta. Ángela se llevó disimuladamente los dedos a los labios bajo la servilleta, saboreándome con los ojos cerrados.
El resto de la cena transcurrió en una bruma de tensión sexual casi insoportable. Cada mirada entre los tres era una promesa. Mi mujer ya no parecía enfadada. Parecía hambrienta.
Y supe, con una mezcla de terror y excitación profunda, que aquella pirueta circular no había sido el final de nada. Solo el comienzo de una noche mucho más peligrosa y placentera.
Autores: Pedro Antonio García Zenón y José Luis Muñoz Gómez